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No descuides el don que tienes

No descuides el don que tienes

Querido hermano, puede que no tengas grandes sueños para tu vida. Puede que no esperes que Dios haga grandes cosas a través de ti. Puede que, como Saúl, te veas “pequeño en tus propios ojos” (1 Samuel 15:17) — sin mucho talento ni carisma, sin gran capacidad de liderazgo. Pero en el Señor Jesucristo, Dios te ha dado un don. Y como Pablo le dijo al joven Timoteo, así Dios les dice hoy a sus jóvenes: “No descuiden el don que tienen” (1 Timoteo 4:14).

Puede que no tengas el don de predicar y enseñar, como lo tenía Timoteo. Pero el Espíritu Santo no deja a ningún cristiano sin dones. “Cada uno, según el don que ha recibido, minístrelo a los otros” (1 Pedro 4:10). “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, usémoslos” (Romanos 12:6). No solo la predicación y la enseñanza, sino también el servicio y la generosidad, la ayuda y la consolación, el liderazgo y la administración son dones “las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

Tal vez tu capacidad parezca pequeña en comparación con la de otros. No recibiste cinco talentos, sino uno. Aun así, el Maestro que te lo confió volverá a ver qué tan fiel fuiste con tu “poco”. Y su “bien, buen siervo y fiel” no dependerá de cuánto recibiste, sino de cuánto hiciste con lo que recibiste (Mateo 25:14–30).

Quizás tu visión para tu vida sea pequeña; la de Dios no lo es. Su voluntad para ti es un labor fructífero, un ministerio que honre a Cristo, una influencia que marque
la eternidad. Así que, hagas lo que hagas, no entierres tu talento en la tierra ni lo escondas en tu bolsillo. “No descuides el don que hay en ti”.

Con ese fin, consideremos tres razones por las que podríamos descuidar lo que Dios nos ha dado, así como la manera en que Jesús nos rescata y nos envía.

1. Toleramos la impiedad

Algunos hombres descuidan el don que Dios les ha dado porque han descuidado la piedad que Dios les exige.
Antes de que Pablo le diga a Timoteo que ponga en práctica su don, le dice: ‘Ejercítate en la piedad’ (1 Timoteo 4:7). Usa tu don, Timoteo, pero que tu don fluya de tu piedad. Haz de la madurez, y no del ministerio, tu primera ambición.

Si un hombre tolera activamente la impiedad en su vida, usará su don hipócritamente o —más comúnmente— dejará de usarlo por completo. ¿Cuántos hombres han escuchado de alguna necesidad en la iglesia o en la ciudad, pero han sido detenidos por su lujuria o su pereza, su duda o su indiferencia? (Yo ciertamente recuerdo momentos así). Incluso si desean suplir la necesidad, saben que no pueden enseñar, liderar o servir con una conciencia limpia. Así que no lo hacen.

Algunos hombres ya podrían estar discipulando a hombres más jóvenes. Otros podrían estar dirigiendo a su iglesia en la alabanza. Otros más podrían estar dando pasos hacia el campo misionero, uniéndose a una plantación de iglesia, iniciando una reunión de oración o lanzando iniciativas de evangelismo. Pero aún siguen con su rol de espectador. Aún desperdician sus fines de semana. Aún confiesan cada semana el mismo pecado con el que han luchado por cinco años. Temporada tras temporada, permanecen en la banca, como jugadores lesionados.

En Cristo, la piedad es maravillosamente, poderosamente posible. Así que no necesitas seguir descuidando tu don.

Hermano, si el pecado te ha mantenido al margen, la solución no es lanzarte al juego de inmediato. Más bien, ‘ejercítate en la piedad’. Dedica tu atención a ‘las palabras de la fe’ (1 Timoteo 4:6). ‘Ten cuidado de ti mismo’ (1 Timoteo 4:16). Busca, lee, ora, ayuna y lucha. Y al hacerlo, desafía toda desesperanza de que los pecados de ayer seguirán persiguiéndote en el futuro.

Tienes al ‘Dios viviente’ de tu lado, el mismo Salvador que derrotó a la muerte (1 Timoteo 4:10). Él puede con tu lucha.

2. Tenemos falsa humildad

Otros hombres descuidan su don porque sostienen una visión falsa de la humildad, una visión que confunde la ambición piadosa con la ambición egoísta y el servicio activo con la autoexaltación.

Observa la iniciativa vigorosa que Pablo asocia con el don de Timoteo: “Esto manda y enseña… Sé ejemplo de los creyentes… Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1 Timoteo 4:11–13). Quizás Timoteo, aún siendo un “joven” (versículo 12), dudó ante tales mandatos. ¿Quién era él para tomar tal iniciativa entre el pueblo de Dios?

¿Y quiénes somos nosotros? Incluso si nuestros dones requieren menos firmeza que los de Timoteo, un uso piadoso de cualquier don demandará cierta iniciativa y acción, algo de visión y atrevimiento. Si vamos a usar un don (y no descuidarlo), necesitaremos hacer más que esperar a que alguien nos lo pida. Tendremos que dar el pequeño paso que podamos ahora, y luego otro, y luego otro.

Si recordamos lo que realmente son nuestros dones (dones, no logros) y para qué son (servir a otros, no exhibirse uno mismo), entonces el uso activo de nuestros dones puede convertirse en una profunda expresión de humildad y amor. Somos mayordomos y siervos, no dueños ni amos. Como los discípulos que llevaban las canastas de pan, tomamos lo que Jesús da y lo entregamos a su pueblo. Nunca hemos multiplicado un pan; tampoco hemos creado un don. A Cristo sea la gloria.

“Si despreciamos el día de los dones pequeños, puede que nunca veamos el día de la gran cosecha.”

¿Seguirá el orgullo llamándonos mientras buscamos usar nuestros dones? Sin duda. Si incluso Pablo necesitó un aguijón en la carne para mantenerse humilde, dudo que tú y yo logremos salirnos de la batalla contra el orgullo (2 Corintios 12:7). A veces, incluso puede ser sabio hacer una pausa en el uso de un don para guardar el corazón, para asegurarnos de que el mayordomo no actúe como rey. Pero la mayoría de las veces, es mejor usar nuestro don y luchar contra el orgullo que pretender luchar contra el orgullo dejando de usarlo. Porque si realmente somos “administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10), ¿Quiénes somos nosotros para retener esa gracia-don de los demás?

3. Somos demasiado impacientes

Finalmente, algunos hombres descuidan su don porque no se dan cuenta (o tal vez resisten) cuánto entrenamiento paciente requieren los dones de Dios.

Escucha cómo Pablo continúa su advertencia a Timoteo sobre no descuidar su don: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Timoteo 4:15). Timoteo tiene un don, pero su don no es tan fructífero como podría serlo. Timoteo tiene un don, pero su don no vino completamente desarrollado. Timoteo tiene un don, pero su don requiere práctica diligente y extensa.

¿Tienes tú una visión de los dones que incluya tal práctica? Algunos hombres, al descubrir en sí mismos un deseo de enseñar, liderar o servir, se sorprenden al ver que su enseñanza, su liderazgo o su servicio dejan mucho que desear. El estudio bíblico tuvo más silencios que palabras. El sermón recibió solo comentarios educados. El grupo pequeño comenzó siendo muy pequeño y se hizo aún más pequeño. Los hombres en estas situaciones pueden preguntarse si realmente poseen el don que creían tener.

Puede que no lo tengan. Pero, al mismo tiempo, puede que no se den cuenta de que los dones de Dios usualmente llegan como bellotas, no como robles —como semillas, no como árboles. Nuestros dones nos llegan como niños pequeños que necesitan entrenamiento, como aspiraciones reales pero inmaduras que requieren ser refinadas en el fuego de la práctica y el fracaso. Si despreciamos el día de los dones pequeños, puede que nunca veamos el día de la gran cosecha.

No todos los que quieren predicar, liderar un grupo pequeño o iniciar un ministerio deberían hacerlo. Pero un hombre difícilmente lo sabrá a menos que practique con paciencia. ¿Y cómo luce esa práctica? Obtén tantas oportunidades de servicio como puedas. Inténtalo, fracasa y vuelve a intentarlo. Humíllate tras los errores y aprende de ellos. Pide a tus pastores y a otros creyentes maduros que te den una retroalimentación honesta. Y satura cada paso con oración, pidiendo que el Dios que da habilidades particulares te haga fructífero en el ejercicio de las tuyas.

La práctica puede ser lenta, ardua y, en ocasiones, profundamente desalentadora. Sé que no soy el primero que ha querido rendirse en lugar de levantarse y volver a intentarlo. Pero recuerda: esos pasos pequeños, fieles y a veces dolorosos son una manera crucial de negarte a descuidar el don que Dios te ha dado. Y cuando el Maestro que te confió ese talento regrese, ¡cuán agradecido estarás de no haber descuidado tu don, sino de haberlo practicado, de haber progresado con él y, así, de haber glorificado al Dios que te lo dio!

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